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NOSTRADAMUS
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Centuria
VII |
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Centuria IX
Centuria X |
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Carta a su hijo César
Carta poco conocida dirigida a su hijo Cesar, en la
que le habla del método utilizado por él para sus oráculos. Como todo
en sus escritos, está expuesto en un lenguaje poco familiar pero que
quizá arroje alguna luz sobre la magia y obra de este enigmático e
irrepetible personaje llamado Nostradamus. La carta reza así: "Tu
llegada tardía a este mundo César Nostradamus, hijo mío, me induce a
poner por escrito, a fin de dejarte este recuerdo después de mi extinción
corporal, aquello que, del Porvenir, la Divina Esencia me ha permitido
conocer por medio de las Revoluciones Astronómicas. Es provecho común
de los hombres que te dedico esta obra, fruto de una serie nunca
interrumpida de vigilias nocturnas en el curso de una vida ya larga. Y porque es
la voluntad de Dios inmortal que, en el presente, no estés todavía
despierto a las luces naturales que Él ha dado a esta terrena playa, y
que deba recorrer solo y bajo el signo de Marte los meses de tu primera
infancia, y que no hayas llegado siquiera a los años más robustos en
que sería posible mi compañía, y que por lo tanto, tu entendimiento,
demasiado débil ahora, no puede recibir nada de esta búsqueda que
realizo y que por la fuerza de las cosas terminará con mis días. Visto que,
por escrito, no podré transmitirte lo que sólo es posible por la
tradición oral: esas palabras, entre los nuestros hereditarias, que te
abrirían a tu vez la vía de la oculta predicción, porque, bajo la
escritura, el tiempo las haría ineficaces, quedarán encerradas en mi
estomago. Considerando
también que, para el hombre, los acontecimientos futuros quedan siempre
definitivamente inciertos, estando regidos y gobernados por el poder
inestimable de Dios; el cual no deja de querer inspirarnos, y esto, no a
través de transportes dionisiacos ni de movimientos delirantes, sino, a
la verdad, por las figuras Astronómicas que El nos propone: "Fuera
de la aprobación divina nadie puede presagiar con exactitud los
acontecimientos fortuitos y particulares, ni si haber sido tocado por el
soplo del espíritu profético". Recordando
además que desde tiempo atrás y muchas veces, he predicho, con mucha
anterioridad y precisando los lugares, acontecimientos que se produjeron
efectivamente en ellos, previsión que nunca dejé a atribuir a la
virtud de la inspiración divina; que, además, he anunciado como
inminentes algunas calamidades o prosperidades que, bien pronto,
vinieron a afectar las zonas que yo había designado entre todas las que
se extienden bajo las diferentes latitudes; que después he preferido
callar y no dar al mundo mis predicciones, renunciando aún a ponerlas
por escrito tanto temía para ellas la injuria del tiempo, y no
solamente del tiempo que corre, sino también, y sobre todo, de la mayor
parte de las épocas que seguirán: porque los reinos del porvenir se
mostrarán bajo formas de tal manera insólitas, porque sus leyes,
doctrinas y costumbres cambiarán tanto con relación a las presentes, a
tal punto que les podría decir diametralmente opuestas, que, si hubiese
intentado describir esos reinos tales como serán en realidad, las
generaciones futuras, quiero decir aquellas que, teniendo todavía el
orden hoy en vigor, se sentían para siempre seguras en sus fronteras,
en sus sociedades, en su modo de vida y en su fe, esas generaciones,
digo, no hubiesen creído creer lo que oían y hubieran venido a
condenar una descripción, por tanto verídica, la misma que, demasiado
tarde, será aceptada por los siglos. Refiriéndome
en fin a la verdad de esta palabra del Salvador: "no darás a los
perros lo que pertenece a la santidad, no arrojarás las perlas a los
cerdos, por temor a que las pisoteen y volviéndose juntos contra
vosotros, os despedacen". Por todas
estas razones me había resuelto a privar de mi lengua al pueblo y de mi
pluma al papel. Después, yo
cambié de opinión, y tomé un partido diferente: extender el empleo de
mis luces al conjunto de los acontecimientos futuros, tan lejos como me
fuera posible percibirlos, comprendiendo aquellos cuya comunicación me
parecía lo más urgente, y dirigirme, no a algunos, sino al pueblo
entero de los hombres y a la época que habrá visto el acceso de ellos
a la cosa pública. Además, sabiéndola "auricular"
fragilidad de los hombres, y no queriendo arriesgarme nunca a
escandalizarla, cualquiera que sea la mutación que se produzca en las
mentalidades, decidí expresarme en sentencias cortas, tejidas unas con
otras, y cuyo sentido quedaría oculto tras de severos obstáculos: todo
esto debía ser redactado bajo forma nebulosa, como conviene muy
particularmente a estas profecías de las que está escrito: "tú
has escondido estas cosas a los sabios y a los prudentes, a saber a los
poderosos y a los reyes, pero las has entregado como frutos limpiados de
sus semillas a aquellos que pesan poco sobre el suelo y que no
entorpecen el espacio". Los profetas
del pasado, que vieron las cosas lejanas y que previeron los
acontecimientos futuros, habían recibido de Dios y de sus ángeles este
"espíritu de vaticinación" sin el cual ninguna obra puede
llevarse a término. Mientras este espíritu de vaticinación permanecía
en los profetas, el poder que les comunicaba era inmenso y ellos esparcían
sus beneficios sobre todo aquello que les estaba sometido. Existen otras
realizaciones posibles además de las realizaciones sublimes de los
profetas, y, por analogía entre sus finalidades respectivas, estas
dependerán de nuestro "buen genio" exactamente como aquellas
dependían de Dios. A fin de permitirnos estas menores realizaciones, el
espíritu de profecía acerca a nosotros su calor y su poder, así como
hace el sol con nuestras personas físicas cuando, habiendo lanzado sus
rayos sobre los cuatro elementos deja su influencia, de vuelta por esos
elementos, esparciese también sobre los cuerpos no elementales como son
los nuestros. En cuanto a nosotros, como simples seres humanos, no somos
capaces de penetrar, por el solo ejercicio de nuestras facultades y
talentos naturales, los secretos insondables de Dios creando el
Universo: "porque no nos ha sido dado conocer los tiempos ni los
momentos, etc.". No se trata
de que nuestra época no puedan existir o aparecer ciertos personajes,
como fue en el pasado, a quienes Dios el Creador quiera revelar, por
medio de imágenes impresas por El en su espíritu, algunos secretos del
porvenir armonioso acuerdo con los juicios astrológicos. Para este
resultado, una clase de llama surge en estos personajes, exaltando su
facultad volitiva, inspirándolos, y haciéndolos discernir en las cosas
futuras aquello que será hecho por el hombre y aquello que será hecho
por Dios. Porque la obra divina, si bien es absoluta en su totalidad, no
lo es en sus partes. Esas partes son tres: los ángeles, los malos y
entre los dos el hombre y sus poderes; esto deja a Dios todo el campo
posible para realizar y terminar su obra como El la entiende. Pero me
parece, hijo mío, que te hablo aquí en un lenguaje demasiado
complicado. Para volver
a mi exposición, te diré que existe otra clase de predicción oculta,
que nos viene oralmente y bajo la forma poética del "sutil espíritu
del fuego". Esto nos llega alguna vez cuando, como consecuencia de
una más alta contemplación de lo que en realidad son los astros, ese
sutil espíritu del fuego se apropia de nuestro entendimiento. Entonces
nuestra atención se hace más vigilante y muy especialmente a las
percepciones del oído: comenzamos a oír frases con carencia rítmica,
sin ningún temor y olvidando toda vergüenza, largas series de
sentencias, perfectas ya para ser escritas. ¡Pero qué!. ¿Esto no se
produce también por el don de la adivinación, y no procede de Dios,
Del Dios que transciende el tiempo, y del que proceden todos los otros
dones?. Aunque hijo
mío, haya puesto adelante la palabra Profeta, no creas que yo me quiero
atribuir título de tan alta sublimidad, sobre todo teniendo en cuenta
el tiempo presente. No está escrito: "aquel que hoy es calificado
de Profeta, ¿antiguamente hubiera sido nombrado vidente?".
Profeta, en efecto, es propiamente aquel que ve las cosas situadas
completamente fuera de la posibilidad del conocimiento natural, y no
digo solamente del hombre, sino de todo ser creado. Que si su pensaras
que el Profeta pudiera, mediante la luz profética, la más perfecta,
captar el todo de una cosa, sea divina, o aún humana, yo te respondería
que no es posible, visto que dicha cosa extiende en todas direcciones
ramificaciones indefinidas. Si, hijo mío,
los secretos de Dios son incomprensibles; y si la virtud que produce las
causas futuras puede andar durante largo tiempo en estrecho contacto con
el conocimiento natural, las causas que nacerán de ella escaparán
seguramente a ese conocimiento natural: partirán, en efecto, de otro de
sus orígenes, el último y más determinante de todos, el "libre
arbitrio"; esto hace que no sabrán adquirir ninguna condición
capaz de hacerlas conocer antes de su realización, ni por humanos
augures, ni por ninguna inteligencias sobrehumana o potencia oculta
existente bajo la concavidad del cielo. Lo cual resulta también de este
hecho supremo: una Eternidad Total, que reúne en sí todos los tiempos.
Pero por lo
mismo que esta eternidad es indivisible, los impulsos continuos que de
ella emana no pueden sino inscribirse, con todo rigor aunque de manera
simbólica en el movimiento de los astros: de aquí la posibilidad de
llegar a la causa para quien posee el conocimiento de este movimiento. No digo,
hijo mío, y me entenderás un día, aunque toda noción de estas
materias sea hoy vedada a tu débil entendimiento, no digo que muchas
causa futuras, y aún muy lejanas, se encuentran fuera de la comprensión
de la criatura racional. No es así, toda vez que esas causas futuras
han de ser engendradas por el alma intelectual de las cosas presentes.
Por lejanas que ellas sean, esas causas futuras no son ni demasiadas
ocultas ni difíciles de situar en su cadena causal. Pero aquello
que jamás se podrá adquirir fuera de la inspiración divina, es el
conocimiento "completo" de las causas: este exige
imperiosamente la inspiración ese motor primordial cuyo principio es
Dios el Creador; instinto y ciencia de augures no vienen sino después.
Sin embargo, estas últimas son eficaces en lo que concierne a las
causas "indiferentes", es decir, aquellas que son
indiferentemente producidas o no producidas: en ese caso, el presagio se
realiza regularmente, y en el lugar previsto, pero en parte solamente. Porque el
entendimiento, creado para el conocimiento racional, es, por sí mismo,
incapaz de la "visión oculta": esta facultad no se despierta
sino a favor del "limbo adivinatorio" y de la voz que en él
se hace oír, esta voz traduce los movimientos de una "llama
exigua, exacta y que actúa de fuera", ante la que se inclinan las
causa futuras. A este
respecto, hijo mío, te suplico que no emplees nunca tu entendimiento en
semejantes sueños y vanidades que secan el cuerpo y llevan el alma a su
perdición, nublando el juicio en quienes no lo tienen fuertemente
formado, y sobre todo, guárdate de la magia, esta vanidad más que
execrable, reprobada por las Santas Escrituras y por los divinos cánones;
exceptuando la Astrología Judiciaria que no está incluida en esa
condenación, y que ha sido el tema de mis continuos cálculos. Es
gracia a la Astrología, y mediante la inspiración y revelación
divina, que he redactado las presentes Profecías. Y aunque
esta rama de la Filosofía secreta no sea, en lo que ella misma
concierne, de ninguna manera reprobada, me he guardado muy bien de
llevarla hasta donde pudiera presentarse como presuntuosa y desenfrenada
en sus especulaciones extremas; a pesar de que muchas obras que tratando
de esas especulaciones, escondidas durante largos siglos habían llegado
a mis manos. Pero, como yo desconfiaba de lo que podía suceder después
de mí, he hecho de ellas una vez leídas, presente a Vulcano. Y entre
tanto el fuego las destruía, la llama lamiendo el aire producía una
claridad insólita, más fuerte que todas aquellas que pudiera producir
una llama ordinaria, y, semejante a un relámpago de rayo iluminó de
repente la casa como si ella fuera "sutilmente" a incendiarse.
Es por esto, y a fin de que no te arriesgues un día a ser engañado por
esos libros persiguiendo y verificando cuidadosamente la perfecta de lo
que, en ello, estaba relacionado con la Luna, así como de lo que estaba
relacionado con el Sol, de tal manera que, bajo tierra, los elementos
solares fueses a las substancias incorruptibles y los lunares a la ondas
ocultas, es por esto - repito - que los he convertido finalmente en
cenizas. ¡Pero
dejemos de lado estas imaginaciones fantásticas!. Lo que he
querido manifestar ante ti, es la esencia misma de este conocimiento
que, modelándose sobre el conocimiento celeste nos permite juzgar las
causas que intervendrán en un espacio bien definido, los lugares mismo
y una parte del tiempo, a saber: de aquella esencia que está dotada de
propiedades ocultas, todo por inspiración divina, y de acuerdo con las
figuras celestes consideradas bajo una luz o concepción sobrenatural, y
bajo esta cualidad, propia a la Eternidad, de comprender en Sí los tres
Tiempos: gracias a esto se nos revela la causa futura tanto como la
causa presente o la causa pasada: "porque todas las cosas están
desnudas y abiertas delante de El, etc.". Así, hijo mío,
tú podrás bien pronto comprender a pesar de tu tierno cerebro que las
cosas del porvenir se pueden profetizar por las nocturnas y celestes
luces, que son naturales y por espíritu de profecía. No es, repito,
que me quiera atribuir nombre y poder profético cuando digo haber
recibido inspiraciones y revelaciones. No, yo no soy sino un hombre
mortal, que toca el cielo por el espíritu no menos que la tierra por
los pies: "yo puedo no errar, y sin embargo he fallado y he sido
infiel". Soy pecador, como cualquiera de este mundo, y sujeto a
todas las humanas aflicciones. Pero, a
pesar de esto, como varias veces en la semana me he sorprendido
interrogando un espejo líquido y de él recibiendo alucinantes imágenes
he querido dar esas visiones dignas de la benevolencia divina sometiéndolas
durante largas noches a la prueba del estudio y del cálculo. Así he
compuesto los presentes Libros de Profecías. Contiene cada uno cien
cuartetas de acuerdo con la Astronomía. En cuanto a las Profecías las
he oscurecido voluntariamente un poco por la manera como las he
ordenado: constituyen una perpetua vaticinación de aquí al año 3.797.
Leyendo esta
cifra algunos retirarán su frente de mi obra considerando la duración
que pretende abarcar y, también, su extensión a "todo" lo
que ocurrirá y todas sus significaciones bajo la concavidad de la Luna,
quiero decir a todas las causas, universalmente y por toda la tierra,
como bien lo entiendes, hijo mío. Que si tu vives hasta su término la
edad natural del hombre, tú verás, bajo la latitud que habitas y el
cielo de tu nacimiento, los acontecimientos que preveo para el porvenir.
Ciertamente,
el Dios Eterno es el único que conoce la Eternidad de su Luz que
procede de El y reúne en sí todos los tiempos. Pero, al personaje que
El quiere escoger, su Majestad inconmensurable e incomprensible dispensa
sus revelaciones, al precio, lo que confieso francamente, gracias a su
amplia, estudiosa y melancólica respuesta. Ese personaje entra así en
relación con una "potencia oculta" que Dios permite que se
manifieste a él. Y cuando profetiza bajo el soplo de la inspiración,
dos causas eficientes, cito las dos principales, se presentan a su
entendimiento y determinan juntas su profecía: la primera es esa misma
inspiración que no es otra cosa que una cierta participación de la
eternidad divina; ella les hace más inteligible la luz sobrenatural de
los astros y le permite juzgar, por medio de Dios, Creador, todo lo que
"su divino espíritu" presenta a su juicio. La segunda es una
consideración puramente racional, pero también capaz de dar plena
confianza al Vidente, a saber: que aquello que el predice es verdadero,
como todo aquello que tiene su origen en el mundo del éter. Y es así
como esa "llama exigua, exacta y que actúa del exterior" se
demuestra eficaz; su divinidad aparece indudable como la dignidad de la
luz natural, que ilumina a los Filósofos dándoles plena seguridad;
gracias a ella han llegado partiendo del principio de la causa primera,
a los más profundos abismos de las más elevadas doctrinas. ¿Pero de qué
sirve vagar a semejantes profundidades a las que la capacidad futura de
tu inteligencia no te permite seguirme?. ¿No veo yo,
además, presentarse en el porvenir una inmensa regresión del
pensamiento, sin ejemplo en el pasado?. El mundo cuando se aproxime la
universal conflagración, sufrirá tantos diluvios y tan altas
inundaciones que no quedarán terrenos que el agua no haya cubierto. Y
tan largo será este periodo de calamidades que todo perecerá por el
agua, fuera de lo que quedara inscrito en el inconsciente de los seres y
en la topografía de los lugares. Además de
esas inundaciones, y en sus intervalos, algunas regiones estarán a tal
punto privadas de lluvia, con excepción de una lluvia de fuego, que
caerá del Cielo en gran abundancia y de piedras candentes, que nada
quedará que no sea consumido. Y esto vendrá pronto y antes de la última
conflagración. El planeta
Marte, en este momento termina su "siglo" antes de comenzarlo
nuevamente al final de su último periodo; pero, entonces quedarán
reunidos los diferentes planetas, unos en Acuario por muchos años,
otros en Cáncer durante mayor tiempo y de manera más continua. Si
ahora somos conducidos por la Luna, por la voluntad de Dios Eterno,
antes que termine su total circuito, el Sol vendrá y después Saturno.
Cuando el reino de Saturno regresara los signos celestes nos muestran,
todo bien calculado, que el mundo se aproxima a una "anaragónica"
revolución. Y antes 177
años, tres meses y once días, a contar de la fecha que esto escribo,
por pestilencia, larga hambruna y guerras, y más todavía por
inundaciones que se repetirán muchas veces, antes y después del término
que he fijado, el mundo se encontrará tan disminuido y quedará tan
poca población que no se encontrará quien quiera trabajar los campos
que quedarán libre por tanto tiempo como pasaron en servicio. He aquí
lo que aparece del estudio del Cielo visible. Estamos
actualmente en el séptimo número del mil en que concluye todo acercándonos
al octavo que es el firmamento de la octava esfera, que se encuentra, en
dimensión latitudinal, en la posición fijada por Dios para terminar la
revolución. Entonces, volverá a comenzar el movimiento de las imágenes
celestes, ese movimiento superior que nos da la tierra estable y firme:
"ella no se inclinará por los siglos de los siglos". He aquí
lo que ha decidido la voluntad de Dios y cómo será en adelante si
dicha voluntad permanece, a pesar de la opinión más o menos ambigua y
sin relación con las leyes naturales que puedan profesar en esta
materia ciertos personajes dados a sueños mahometanos. También,
algunas veces, Dios Creador, por intermedio de sus mensajeros de fuego
viene a proponer a los órganos exteriores de nuestros sentidos, y
principalmente a nuestros ojos, un mensaje de fuego, significativo de
los acontecimientos futuros que quiere manifestarnos, está "llama
mensajera" constituyendo la causa material de nuestra predicción.
Porque es evidente que todo presagio que se deba tomar de la "luz
exterior" exigirá como factor parcial, "una fuente de luz que
sea ella misma exterior". Y como el otro factor del presagio se
muestra ante lo que llamaré "el ojo del entendimiento", y
que, en verdad, la visión de que tratamos aquí no podría confundirse
con la clase de visión que producirá una lesión del sentido
imaginativo, parece evidente que el conjunto de la predicción, luz
exterior y visión interior, proviene de una sola y la misma
"emanación de divinidad". Es gracias a ella que un espíritu
angélico inspira al hombre que profetiza; es ella que reviste de una
unción sagrada sus aterradoras vaticinaciones; es ella también la que
le da forma a su fantasía en diversas apariciones nocturnas: debiendo
someterse todo, a la claridad del día, a la intervención de la
Astronomía, y recibir de ella esa certeza que dispensa regularmente
cuando se une a la Santísima Profecía, la que no toma en consideración
sino la verdad sola y no exalta sino el animo libre. En esta hora
debes comprender, hijo mío, lo que yo encuentro por mis revelaciones
astronómicas, las cuales concuerdan en todos sus puntos con aquello que
me ha revelado la inspiración: yo encuentro que la espada mortal se
acerca a nosotros, bajo la forma de peste, de guerra más horrible de
todo lo que se ha visto en tres vidas humanas, y de hambruna; yo
encuentro que esa espada caerá sobre la tierra y volverá a caer muchas
veces. Porque los astros se inclinan al regreso periódico de esas
calamidades, porque también está dicho: "yo pondré a prueba sus
iniquidades con una barra de hierro y yo los castigaré a golpe de
vergas". Sí, hijo,
la misericordia de Dios no se esparcirá más sobre los hombres durante
el tiempo que transcurriría antes de que la mayor parte de mis profecías
sean cumplidas y consumadas por los efectos de su cumplimiento. Así por
muchas veces, durante este tiempo de siniestras tempestades: "Yo
trituraré", dirá el Señor, "y Yo quebrantaré y no tendré
piedad". Yo encuentro
también mil otras desventuras que acaecerán por medio del agua y de
continuas lluvias. Las describo detalladamente "aunque en
proposiciones inconexas entre sí", en estas cuartetas precisando
los lugares, las fechas y el término prefijado. Y los hombres después
de mí, conocerán la verdad de lo que digo porque habrán visto
realizarse algunas de esas profecías, de la misma manera que algunos lo
han conocido ya, como lo he hecho notar a propósito de mis predicciones
verificadas anteriormente. Es verdad que entonces yo hablaba en lenguaje
claro, en cambio ahora oculto las significaciones bajo algunas nubes:
"pero cuando sea apartado el velo de la ignorancia" el sentido
de mi predicción se aclarará cada vez más. Término hijo mío; toma
este don de tu Padre, Michel Nostradamus, que espera tener tiempo sobre
esta tierra para explicarte cada una de las profecías de las cuartetas
dadas aquí; y que ruega al Dios inmortal que El te quiera prestar larga
vida, en buena y prospera felicidad. De Salón.
Este 1 de Marzo de 1.555
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